Hebreos 1, 1 - 6

El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen fiel de su ser. (Hebreos 1, 3).

Cada vez que vemos un bebé recién nacido sentimos una enorme ternura, ¿cierto? Sonreímos casi sin darnos cuenta y tratamos de recordar cuando nacieron nuestros propios hijos. Tratamos de tomar la mano del niño o acariciarle la mejilla. Nos gustaría alzarlo, mecerlo y contemplarlo por horas por el gran afecto que sentimos. La vida nueva que tenemos ante los ojos es tan frágil y vulnerable, tan apacible y hermosa, que no podemos evitar el llenarnos de un gran sentimiento de amor y alegría.
Pero, ¿qué tiene que ver esto con la Navidad? Bien, la segunda lectura de hoy nos dice que Dios "nos ha hablado por medio de su Hijo" (Hebreos 1, 2), y el Evangelio de hoy nos dice que Jesucristo es la "Palabra" eterna que vino a hacer su morada entre nosotros (Juan 1, 14). Pero el Hijo que hoy nos comunica su palabra es el Niño de Belén, no el Mestro adulto a quien estamos acostumbrados a escuchar. Ahora no nos habla en sermones ni parábolas que nos hagan reflexionar; nos habla sin palabras, directamete al corazón, como cualquier otro bebé.
Su inocencia, su vulnerabilidad y su amor nos dejan grabado en el corazón el mensaje de la gracia de Dios de una manera que jamás podríamos expresar con palabras. El Niño nos tiende la mano y nos mueve a responderle, pero no sólo con palabras, sino con el amor del corazón.
Hoy es un día de celebración gozosa en la Santa Misa y en las reuniones familiares. Es un día en el que nos intercambiamos regalos y nos desamos paz y felicidad unos a otros. Pero también es un día en el que hemos de contemplar al Niño recostado en el pesebre. Es un día de contemplación gozosa y sin palabras, solamente reflexionando en la gran bondad y misericordia del Padre, que envió a su Hijo a salvarnos, el cual se hizo uno de nosotros en todo, menos en el pecado.
Así pues, contempla atentamente al Niño Jesús y ve lo que perciba tu corazón. Saborea este amor puro e incondicional y deja que haga brotar el amor en ti. Tiende la mano y tócalo, y deja que él te toque a ti. Abrázalo hoy día, y deja que él te estreche cerca de su corazón.

"Jesús amado, aquí estoy junto a ti. Háblame, Señor, y yo escucharé".


Tomado de: La Palabra Entre Nosotros.




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